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Servicio de Atención al Cliente

Me parece muy bien que la Agencia disponga de un servicio de ayuda telefónica para incidencias informáticas. Y también que se aprovechen sus recursos humanos para atender el servicio y así evitar la contratación de personal externo (¡ahí va! ¡Como las empresas ‘de verdad’!). Y también me parece adecuado y obvio el que se forme al personal para tan importante tarea.

Lo que ya no veo tan normal es que en la formación se nos adiestre en seguir unas pautas que por obvias nos consideren poco menos que brutos maleducados.

A continuación os ofrezco una extracto de estas pautas para que entendáis por qué digo esto:

  • Siempre debemos saludar. Se puede hacer utilizando las siguientes frases:

“Buenos días” o “Buenas tardes”
“¿En qué puedo ayudarle?”

O sea, que me tengo que olvidar de saludar como siempre que me dirijo a alguien desconocido:

“¡Qué pasa tron! ¿Hace un canuto?”

  • La despedida es igual de importante que el saludo, tenemos que mostrar nuestro agradecimiento por la llamada y atención prestada. Podemos despedirnos diciendo:

“Gracias, buenos días” o “Gracias, buenas tardes”

Si nos agradece la ayuda prestada, podríamos decirle:

“A usted, buenos días” o “A usted, buenas tardes”

Entonces, ¿no le puedo pedir que me invite a unas cañas por la ayuda?

  • Demostrar conocimiento y reaccionar rápido ante las incidencias planteadas.

“Es fácil, señor. Apague y encienda”

  • Tono de voz: Correcta articulación

En esto tengo dudas: ¿Se refiere a que use correctamente los artículos determinados e indeterminados? ¿o que a la hora de hablar articule las muñecas adecuadamente, no me vaya a dar tendinitis?

  • No se deben hacer juicios de valor sobre la forma de actuar del contribuyente.

Esto lo tengo bastante claro. Significa que no le puedo recomendar al contribuyente que cambie de ‘Winchof’ a ‘Linpuf’, o de ‘Internet Exploter’ a ‘Morcilla Firepof’.

 

Ahora, eso sí. Lo que de verdad no entiendo es la contradicción de todo esto con la recomendación de mostrar empatía con el interlocutor: si él me llama ‘colega’, ¿no debería referirme a él como ‘tío’?

Y ya para terminar, una conversación siguiendo las pautas sugeridas y luego otra de cómo creo yo que habría que haberlo hecho:

Versión políticamente correcta:

AGENTE: Buenos días, ¿en qué puedo ayudarle?

ANÓNIMO: Hola, ¿está Alberto?

AGENTE: Lo siento, aquí solo atendemos incidencias informáticas. ¿Cuál es su consulta?

ANÓNIMO: Que si está Alberto. De parte de Juanjo.

AGENTE: Disculpe caballero. No hay nadie aquí trabajando con ese nombre. Si me dice cuál es su problema, intentaré ayudarle.

JUANJO: ¿Tú eres Alberto? Pues entonces no puedes ayudarme. ¡Ponme con Alberto, carajo!

AGENTE: Si su incidencia no es de origen informático, le puedo facilitar un teléfono…

JUANJO: Pero, ¿tú eres gili**llas? ¡O me pasas con Alberto o te meto un puro que te acuerdas de mí desde el más allá!

AGENTE: Lamento no poder ayudarle. Si me facilita su NIF, su nombre completo y un teléfono, nos pondremos en contacto con usted lo antes posible.

JUANJO: ¡Te voy a facilitar el ingreso en la UVI, desgraciao!

Y así como debería haber sido:

AGENTE: Buenos días, ¿en qué puedo ayudarle?

ANÓNIMO: Hola, ¿está Alberto?

AGENTE: ¿Juanjo? ¿Eres tú?

JUANJO: Sí. ¿Tú quién eres?

AGENTE: ¡Felipe, tío! ¡Qué pasha, tron!

JUANJO: ¡Hostias, Felipe! ¿Qué haces tú por ahí? ¿Y Alberto?

FELIPE: Alberto se dio de baja por depresión hace unos días. ¡El muy cab**to! ¡Se hartó de decir gilipo**ces! ¿Necesitas algo?

JUANJO: Lo llamaba para quedar a tomar unas cañas. ¿Te vienes? A las tres en ‘La Bodeguilla”

FELIPE: ¡Claro! Oye, ¿quieres que le avise al móvil? El psicólogo le recomendó que saliera con los amigos.

JUANJO: ¡Pues de p**a madre! Allí nos vemos. ¡Chao!

FELIPE: ¡Taluego, tío!

 

¿Lo veis? Empatía, amabilidad, contribuyente satisfecho.

 

Sed buenos!

Ningún viaje sin incidencia (II)

Son muchas, muchísimas las ocasiones en que un viaje aparentemente sencillo se ha convertido en una pesadilla. He perdido maletas, aviones y trenes. He tenido que buscar hoteles a última hora. Me han robado… Y hasta casi me han detenido…

Mis anécdotas son muchas y he aquí la primera de todas…

Antecedentes de hecho

Apruebo unas oposiciones. Me destinan a Melilla. De aquí es toda la familia de mi madre, por lo que me siento bastante arropado. Salvo mi tía y sus hijos (mis primos, para el que esto de los parentescos se le atragante), todos superan los 75 años (y eran 7 por aquel entonces). Les gusta mucho salir a tomar a café. Todos los días. Y a ninguno le gusta el azúcar, pero guardan los sobrecitos. Para la Loli (mi mami) o para la Mari Carmen (mi tita). Sí. De la cofradía del puño. O que pasaron mucha hambre de chicos. Que cada uno elija su opción. Ahora multiplicad 7 x 2 cafés diarios x 7 días a la semana. Salen 98 potenciales sobrecitos de azúcar semanales. Y todos rigurosamente guardados hasta el reparto.

Más antecedentes de hecho

Mi madre ha vivido en Melilla hasta los treinta y tantos años y allí adquirió unos hábitos y unos gustos que no los puede saciar fácilmente en Málaga. Uno de esos gustos raros es una nata en polvo de una marca concreta que solo se podía adquirir en ciertos comercios de esta tan exótica ciudad.

El hecho

Me surge un viaje a la península. Las titas, que me lleve el azúcar para mi mami. Como kilo y medio de azúcar repartidos en unos 150 sobrecitos… (sig!). Mi mami, que si me puedes traer un par de sobres de nata en polvo. De sabor natural y de limón. Cada sobre contiene unos 250 gr de producto. Y yo, tan pancho y obediente, distribuyo entre calzoncillos, camisas y calcetines, el azúcar y la nata en polvo.

Y ahora al aeropuerto. Yo, tranquilo, facturo la maleta con la “mercancía”. Espero pacientemente en la puerta de embarque la hora de entrar al avión. Llamada al embarque. Suelo entrar de los últimos. Le entrego al operario de Iberia mi tarjeta de embarque. Este la lee detenidamente y al ver mi nombre dice: “Aquí está”. Y de no se sabe dónde, aparecen dos señores de la benemérita que hacen por cuatro. Yo, inocente, no entiendo nada. Me piden que si les puedo acompañar a abrir mi equipaje. Yo, inocente (pardillo, diría ahora), les digo que por supuesto. Me llevan a donde está mi maleta: sobre uno de los remolques en los que llevan el equipaje para subirlo al avión. A la vista de todo el mundo. Quiero decir que la maleta no estaba en ninguna discreta habitación ni mucho menos. Estaba al aire libre, con todos los pasajeros del lado izquierdo del avión contemplando la escena.

Uno de los guardias me pregunta si esa maleta que está ahí (no hay otra) es la mía. “Sí, claro”, les contesto. “¿Puede abrirla?” “Por supuesto!”, les vuelvo a responder sin entender para nada qué estaba pasando allí (pardillo!, atontao! … Los nervios quizás). Y el guardia, con mano experta, y casi como por arte de magia, extrae de la maleta uno de los sobrecitos de azúcar. A mí ya se me vino el mundo encima y pasé del blanco nuclear al rojo muleta de los toros en 0,3 segundos. Empecé a sudar y a tartamudear mi respuesta: “Es azúcar. Es que mis tías…”, y les solté el rollo, avergonzado como no lo he estado en toda mi vida (bueno, una sola vez, pero esa es otra historia). Los señores de la autoridad que se miran, se sonríen de forma cómplice, y abren el sobre. Y prueban el contenido. Azúcar. ¿Qué si no? Le toca el turno a la nata en polvo. Otra azarosa explicación. Otra sonrisita por su parte. Pardillo, dice su sonrisa. Esta vez no la prueban. Se lo creen directamente. “Gracias por su colaboración. Ya se puede ir”. Y sin más, me dirijo al avión, con la cabeza gacha, colorao como un tomate y con el cuello de la camisa como si fuese dos tallas más pequeña de la cuenta. Entro en el avión y algún gracioso me dice “¿qué? ¿creían que era un contrabandista, no?”

Sí, hijo. Sí. Contrabandista. De pardillez.

Ningún viaje sin incidencia (I)

Todos los que me conocen dicen de mí que soy el despiste hecho persona. Yo prefiero definirme como alguien que siempre está pensando en otra cosa. El caso es que la conclusión es la misma: me pasa de todo. Sobre todo en los viajes.

El hecho de hacer uno es salirse de la rutina diaria. Y eso, para lo que como yo siempre tenemos algo en la cabeza, es mortal de necesidad. Y mi último viaje no es una excepción.

Todo iba saliendo bien según el guión: vuelo confirmado para la fecha correcta y la hora correcta; enlace en tren correcto; llegada a la hora correcta; vuelta en tren correcta; enlace en autobús correcto… Algo va mal: ¿ninguna incidencia? Imposible. La estadística hace honor a la Ley de Murphy! Y sin embargo, vuelo de vuelta correcto; a la hora correcta. Embarque… Ea! Ya pasó! Me dejé olvidado el libro que estoy leyendo en la maleta que acabo de facturar! 😦

Algo tenía que pasar! Menos mal que esta vez el despiste no acarrea ninguna consecuencia grave… Quizás la próxima vez…

 

PD: Mis amigos me están animando a que cuente mis peripecias en los viajes. Que daría para escribir un libro…

…tal vez lo haga…

 

Sed buenos!

El encuentro

Hugo es mi mejor amigo desde que me lo regalaron siendo un cachorro. Es cariñoso, bondadoso y muy listo. Os asombraríais de las cosas que es capaz de hacer. Sin embargo, es bastante apático, y más de una vez he tenido que usar mi astucia para convencerlo de algo. Y si no, escuchad esta anécdota.

Era un día espléndido. La verdad es que era el primer día realmente bueno después de tan crudo invierno. El sol brillaba con fuerza sin quemar, el cielo estaba de un azul intenso y las nubes parecían algodón. El aire olía a tierra y a agua y a hierba… y a felicidad.

Fue por eso por lo que cuando salimos a dar nuestro paseo habitual, nos aventuramos a ir un poco más lejos. Ya nos habíamos apartado bastante de nuestro itinerario habitual cuando vimos a lo lejos a una perrita junto con su dueña. Yo me acerqué sin vacilar a ellas y enseguida entablé amistad. Las dos me cayeron muy bien y estoy convencido de que el sentimiento fue mutuo. Creo que tengo un don especial para caer bien. Sin embargo, Hugo se quedaba atrás. No sé qué le pasaba.

– El mío se llama Hugo, ¿y la tuya? – le pregunté a ella.
– Clara. Es muy maja, ¿no te parece? – me respondió.
– Sí. Pero parece que no se quieren conocer, ¡se huyen! ¡Serán tontos!
– Es verdad. Y con lo claro que está que se gustan. ¿Te has fijado cómo se miran el uno al otro cuando el otro no se da cuenta?
– Tienes razón. Pero Hugo nunca se acercará a Clara. Lo conozco bien. Es muy tímido.
– Pues como Clara. Ella nunca dará el primer paso.
– Entonces, tendremos nosotros que hacer algo, ¿no te parece?
– ¿Y qué hacemos?

Fue entonces cuando tuve que echar mano de mi astucia.

– Se me ocurre una idea. Si hacemos como que nos peleamos, Hugo vendrá en mi ayuda, estoy seguro. ¿Y Clara? ¿Hará lo mismo?
– Segurísimo. Ahí donde la ves es puro genio, y no soporta verme pelear con nadie.
– Pues entonces está hecho… ¿Empiezas tú o empiezo yo?

Y así empezamos una pelea en broma que consiguió nuestros propósitos: que tanto Hugo como Clara se acercaran a ayudarnos. Y así se conocieron. Y así se gustaron. Cuando el trabajo estuvo hecho, nosotros nos apartamos y los dejamos a los dos juntos.

– ¿Te das cuenta? Te dije que se gustaban. Sólo había que acercarlos un poco.
– ¿Pero cómo es que no se dieron cuenta ellos solos?
– Los humanos son así. No se dejan llevar por el instinto. ¡Qué le van a hacer!

Ale! Y este es mi primer post de Mis Paranoias! Enviadme las vuestras y sed buenos!

No me tomes el pelo!

Hoy es uno de esos escasos días (4 en el año) en que el jefe se ha pelado. Si, señores! Alcemos nuestras manos en señal de alabanza! Beatifiquemos al señor peluquero! O no. Mejor! Paguemos entre todos su más que merecida jubilación anticipada!

Y ahora todos diréis que se debería notar cuando ocurre tan solemne acontecimiento, no? Pues como diría un amigo, depende.

Yo, como dejé de preocuparme por mi pelo hace tanto……! En cambio, hay otros que tienen en el pelo su punto débil cual Sansón. Y le dedican tanto tiempo a acicalárselo como al resto del cuerpo. Normal que aprecie hasta el más insignificante mechón salido de sitio, aunque no sea el suyo!

Quizás esta sea una de las razones por la que a esta persona (la que aprecia los cambios de apariencia tan poco aparentes) la consideran “”metrosexual”” y a mí, no……

Sed buenos!

Escena de sexo turbador (o de por qué no todas las cosas son lo que parecen)

Ella estaba viendo la televisión en su lado del sofá. Yo, leyendo un libro en el mío. Aburrida, ella coge el mando de la tele, la apaga y se viene junto a mí. Se tumba en el sofá apoyando su cara sobre mi muslo mirándome a los ojos y me sonríe. Sin decir nada, apoya su mano suavemente en mi sexo presionándolo suavemente sin dejar de sonreir…

Empieza bien la historia, ¿verdad? Entonces por qué creéis que no me sentí excitado sino francamente sorprendido a la vez que un poco asustado?

Pues porque ella es… ¡mi hija de cinco años!

Mi cabeza empezó a pensar a mil por hora: (¿por qué hace esto? ¿ya juega a médicos en el cole? ¿con quién? ¿quién es el pequeño pervertido que la está iniciando en los placeres de la carne a tan tierna edad? ¿lo sabrán sus padres? ¿el padre es un pervertido? ¿un pederasta??)

Con la mayor paciencia del mundo, cuento hasta diez sin mirar a mi hija, para no darle importancia al asunto y que no notara mi turbación, y le pregunto:

– ¿Por qué haces eso?
– Porque me gusta… -responde candorosa mi hija.

Mi turbación alcanza límites insospechados. Trago lo que me parece un balón de fútbol y vuelvo a contar hasta diez.

– ¿Es que jugáis así en el cole? -le pregunto intentando que mi voz no suene alarmada.
– No -dice la voz de la inocencia personificada.

Nueva cuenta hasta diez. Esta vez solo llego hasta cinco…

– Entonces, ¿por qué me tocas ahí?
– Porque está blandito…

JAAARLL!!!

¡Preparaos, padres! ¡Porque criar a un hijo/a conlleva ciertas consecuencias!

PD: Si yo me acojoné cuando me ocurrió esto, imaginaos a mi mujer cuando se lo conté!!

Las Cosas Cambian

Lo primero que me cambiaron que creí inamovible fue el Padrenuestro. Mira que lo intento, eh? Pero no soy capaz de aprenderme la nueva versión cada vez que voy a una boda, bautizo o comunión. Me sale el de toda la vida.

Ahora, me cambian de nombre las letras del abecedario (La “i griega” se llamará “ye”). ¿Qué será lo siguiente?
¿La tabla del 9? ¿Los planetas del sistema solar? ¿mi jefe se volverá inteligente? ¿Los ingredientes de la tortilla de patatas?

Sed buenos… yo voy a estudiarme el abecedario… 😀